Vivimos tiempos decisivos. La política europea por fin se ha ganado la atención pública e incluso es capaz de ser emocionante. Lo ha hecho a su manera y seguro que no ha llegado a todos los corazones, pero el debate sobre la integración ha dejado definitivamente de ser técnico. Por mucho que las adscripciones partidistas y los ciclos electorales sigan siendo nacionales, nuestros grandes retos no conocen fronteras. Y la gente lo sabe. Cuando se pregunta por los desafíos del siglo XXI, la ciudadanía no duda en citar el cambio climático, las migraciones, la gobernanza económica global o el terrorismo. Nos enfrentamos a un mundo cada vez más interdependiente y a la vez inestable que incluye un Washington en retirada, con la Administración de Trump más preocupada de propagar fake news que del liderazgo internacional; un Moscú que padece problemas de autoestima y miedo a perder su zona de influencia, y un Pekín solo interesado en hacer compatible autocracia y superpoder económico.

¿Qué tiene eso que ver con España?, ¿Y con las recientes elecciones generales? Mucho. En plena vorágine del Brexit y con la ultraderecha ganando terreno en muchos países del continente, este país está ganando peso político como uno de los Estados miembros más importantes. Lo malo es que los españoles tal vez no lo sepan. Basta observar cómo se ha desarrollado la campaña para lamentar que aquí se mire demasiado hacia dentro y no se aproveche la ventana de oportunidad que se está abriendo para influir, e incluso dirigir, el debate en toda la UE. Cuando la política europea de Berlín parece estancada por falta de coraje y visión, Londres solo lucha por minimizar los daños de su absurda retirada, París dedica su capital político a responder las protestas de la calle, o Roma y Varsovia se hacen soberanistas, es el momento en el que Bruselas necesita de más España, y Madrid debe ofrecer más Europa. No se trata solo de un bonito titular, sino de la necesidad real de ideas claras, articuladas en políticas concretas que se expresen con voz alta y clara. Es el momento de pisar más fuerte en las instituciones y lanzar un mensaje inequívoco a sus aliados europeos. ¿Cuándo, si no es ahora, va a ponerse España las pilas y llevar el debate sobre el futuro de Europa a otro nivel?

Somos muchos los europeos que hemos seguido atentamente estas elecciones. La europeización del mapa político español es un hecho. Eso se traduce en el fin del bipartidismo y, como pasa en tantos otros países (incluido el mío), en que la polarización se acentúe y la ultraderecha populista gane terreno. Y sí. Los europeos amigos de España hemos respirado con alivio cuando supimos del altísimo nivel de participación. Y nos alegramos cuando supimos que ha tenido éxito el confrontar el avance de la nueva derecha nacionalista y euroescéptica con una agenda de justicia social.

Pero los europeos amigos de España también nos hemos decepcionado por la falta de Europa en estas elecciones. Que no se considere oportuno discutir de lo que pasa más allá de las fronteras nacionales debería ser más bien cosa de tiempos pasados. Y un error del presidente del Gobierno, que, dirigiendo la política exterior del país y siendo miembro del Consejo Europeo, sabe mejor que nadie dónde se decide el futuro de España. Pero tiene solución. El 26 de mayo también habrá elecciones al Parlamento Europeo. Y entonces será imposible no afrontar el modelo de Europa que queremos, solidaria y enfocada a los asuntos globales o dividida y orientada a levantar esas fronteras que tanto daño nos han hecho en nuestra historia. Es un debate a realizar en toda la UE. Pero es un debate en el que necesitamos que este país europeísta y más importante de lo que él mismo se cree se sitúe en la vanguardia.

No basta con pensar en La España que quieres. Hay que extender los deseos a Europa. Y hacer que pase.